¿A quién se parece mi bebé?

Hay bebés que ya al nacer tienen un parecido muy notable a alguno de los papás. En mi caso, cuando nació mi primera hija, y pese a que ambas abuelas decían ver parecidos con sus respectivos hijos, mi niña no se parecía a ninguno de los dos. Cuando nació el segundo, igual, ni un parecido nuestro, eso sí ¡era el calco de la hermana!

¿A quién se parece mi bebé?

Los parecidos suelen ser algo que nos ocupa mucho el tiempo y las conversaciones, algo así como si parecerse a uno de los padres ubicara a éste en mejor lugar. Como si fueras “más madre” si tu hija es igualita a ti o si tu pareja fuera “más papá” si el bebé tiene su carita.

Cuando nace, las abuelas comienzan una especie de competición a ver quién encuentra la foto de recién nacido de su hijo, más parecida al nuevo integrante de la familia. Y cuando es muy muy parecido a uno de los dos, el otro siente lástima porque no ha sacado nada suyo.

De todo lo que podemos desear un hijo, “el parecido” a mí siempre me ha sido indiferente además difícil de distinguir, pero en general es algo que como papás nos gusta buscar en los hijos. Además yo soy de las personas que creen que los bebés se parecen a los bebés, sobre todo los recién nacido. Es cierto que podemos distinguir algunos rasgos pero nos hemos puesto a pensar ¿por qué nos genera tanto entusiasmo este tema? Ya desde las ecografías intentamos ver si tiene la nariz de uno o si tiene la boca del otro… ¿Qué buscamos cuando hablamos de los parecidos?

Verse reflejado en los hijos

Supongo que verse reflejado en los hijos es algo que a todos como papás nos genera ilusión.  No sólo en los rasgos físicos, aunque estos son los primeros que podemos distinguir. Encontrar un parecido gestual, en la forma de hablar cuando son algo más mayores, en ciertas actitudes, en aspectos del desarrollo evolutivo (cómo preguntar a nuestra madre a qué edad comenzamos a caminar o a hablar para luego comparar), lo cierto es que nos gusta. De alguna manera ratifica que es parte de nosotros, que lo hemos creado y criado nosotros y que por eso encontramos esas coincidencias.

Así como cuento que lo del parecido físico siempre me costó más de encontrar (en los míos y en los ajenos) sí tengo que decir que me encanta o me divierte que mis hijos tengan ciertos gestos o actitudes en las que me veo reflejada o lo veo reflejado a mi marido. Os cuento un ejemplo, él es sumamente ordenado (por no decir públicamente que es un poco obsesivo) y cuando vi a mi hija de dos años acomodando las sillas de los compañeritos de la guardería y alineándolas perfectamente con las pequeñas mesitas, debo decir que me enamoró. De pequeña ya apuntaba maneras de que le gustan las cosas ordenadas y cada una en su sitio correcto y eso tiene que venir de su padre evidentemente. Por otro lado yo le encuentro gestos al hablar, que me recuerdan mucho a mí y también me gusta.

También hay bebés que se parecen a sus primos o tíos, o niños que recuerdan a sus abuelos y de la misma forma que nosotros, la familia se entusiasma con encontrar esas similitudes. Evidentemente el sentido de pertenencia, el ser parte de una familia y que eso se pueda ver es lo que nos gusta.

Como todo, no obsesionarse es el secreto

Puede ser divertido buscar los parecidos, puede hacernos gracia encontrar un gesto conocido en nuestros hijos pero eso de la competición a ver a quién se parece más o sentirse mal porque “no ha sacado nada de mis rasgos”, es algo que debemos evitar. Después de todo nadie duda que es nuestro bebé o que pertenece a nuestra familia, aunque sea completamente diferente a uno de los padres, ese hijo será siempre de ambos.

Lo que no debemos hacer es dejarnos guiar por esa sensación que parece estar presente en todas las familias de que si el bebé es más parecido a uno que a otro, este debe sentirse orgulloso y el otro decepcionado. No hay una competición de genes que debemos ganar, es algo que no podemos escoger y que sólo depende de la naturaleza. Por eso ni el orgullo, ni la decepción deben estar presentes cuando hablamos de los parecidos del bebé.

 

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